ESOPO.
Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:
-Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una competencia.
Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.
LLegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vió como la tortuga había llegado de primera al final y obtenido la victoria.
Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:-Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una competencia.
Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.
LLegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vió como la tortuga había llegado de primera al final y obtenido la victoria.
Salieron a pescar al mar unos pescadores y luego de largo
rato sin coger nada, se sentaron en su barca, entregándose a la
desesperación.
Navegaba un rico ateniense en una nave junto con otros
pasajeros. De pronto, a causa de una súbita y violenta tempestad, empezó
rápidamente a hacer agua el navío.
Tenía un hombre una esposa siempre malhumorada con todas
las gentes de su casa. Queriendo saber si sería de igual humor con los
criados de su padre, la envió a casa de éste con un pretexto cualquiera.
Un hombre hizo una estatuilla de un Hermes en madera y la llevó a la plaza para su venta.
Dicen que Zeus modeló a los animales primero y que les
concedió la fuerza a uno, a otro la rapidez, al de más allá las alas;
pero al hombre lo dejó desnudo y éste dijo:
Se fue a pique un día un navío con todo y sus pasajeros, y
un hombre, testigo del naufragio, decía que no eran correctas las
decisiones de los dioses, puesto que, por castigar a un solo impío,
habían condenado también a muchos otros inocentes.
Conducía un boyero una carreta hacia una aldea, y la carreta se despeñó a un barranco profundo.
Un atleta, que era muy conocido de sus conciudadanos por su debilidad, partió un día para tierras lejanas.
Un pícaro se comprometió a demostrar que el oráculo de Delfos mentía.
Cierto hombre llevó a trabajar a su propiedad a un negro,
pensando que su color provenía a causa de un descuido de su anterior
propietario.
Un hombre enfermo y de escasos recursos prometió a los
dioses sacrificarles cien bueyes si le salvaban de la muerte. Queriendo
probar al enfermo, los dioses le ayudaron a recobrar rápidamente la
salud, y el hombre se levantó del lecho. Mas como no poseía los cien
bueyes comprometidos, los modeló con sebo y los llevó a sacrificar a un
altar, diciendo:
Érase una vez un ciego muy hábil para reconocer al tacto
cualquier animal al alcance de su mano, diciendo de qué especie era. Le
presentaron un día un lobezno, lo palpó y quedó indeciso.

Partió un hombre para la guerra, pero en el camino, oyendo graznar a los cuervos, tiró sus armas al suelo y se detuvo. 
Un hombre ya canoso tenía dos pretendientes, una joven y otra más vieja.
Prevaliéndose de la debilidad de los Bienes, los Males los expulsaron de la Tierra, y los Bienes entonces subieron a los Cielos.








Disputaban Zeus y Apolo sobre el tiro al arco.

Conducía Hermes un día por toda la tierra una carreta
cargada de mentiras, engaños y malas artes, distribuyendo en cada país
una pequeña candidad de su cargamento. 






Encontró un labrador un águila presa en su cepo, y,
seducido por su belleza, la soltó y le dio la libertad. El águila, que
no fue ingrata con su bienhechor, viéndole sentado al pie de un muro que
amenazaba derrumbarse, voló hasta él y le arrebató con sus garras la
cinta con que se ceñía su cabeza.
En el campo de un labriego había un árbol estéril que únicamente servía de refugio a los gorriones y a las cigarras ruidosas.
Yendo de viaje, Diógenes el cínico llegó a la orilla de un
río torrencial y se detuvo perplejo. Un hombre acostumbrado a hacer
pasar a la gente el río, viéndole indeciso, se acerco a Diógenes, lo
subió sobre sus hombros y lo pasó complaciente a la otra orilla.