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martes, 13 de junio de 2017

LOS DOS FÓSFOROS.

Robert Stevenson.

Un día de la estación seca, un viajero atravesaba los bosques de California, y los alisios soplaban fuerte.
    
Cansado y abatido de tanto cabalgar, pensó que fumarse un cigarrillo le habría levantado el espíritu; por lo tanto, se bajó del caballo, buscó en el bolsillo la pipa. Pero por más que hurgase, sólo encontró en el bolsillo dos fósforos.
   
Probó el primero, que no se encendió.
   
 
“¡Buena broma!” refunfuñó el viajero.
   
“Me muero de las ganas de fumar, no me queda más que un sólo fósforo, y aún éste, de seguro, no se encenderá. ¿Ha habido jamás un hombre con tan mala suerte?”
   
“Sin embargo -continuó reflexionando- supongamos que este fósforo se encienda, y que yo fumo mi pipa, y después bote las cenizas aquí sobre la hierba: la hierba, tan seca como está, podría incendiarse; y mientras busco con qué apagar la llama frente a mí, se me podría escapar y correr detrás de mí, y pegar fuego a aquella maleza de allá abajo; antes que lo pudiese alcanzar, estaría todo en llamas; y más allá veo un pino cubierto de musgo que se incendiaría enseguida hasta la rama más alta; ¡y la llama de aquella antorcha, el viento la arrastraría a través de todo el bosque tan propicio a prender fuego! Veo este pequeño y –dijo invadido de golpe de las voces conjuntas del viento y del fuego- me veo galopar locamente para salvar mi alma, y el fuego correr tras de mí a través de las colinas; veo este bello bosque arder por días y días, y el ganado achicharrarse, y las fuentes secarse, y el campesino arruinado, y sus hijos errantes por el mundo. ¡Sí, todo el mundo depende de este fósforo!”
   
“¡Gracias a Dios que me he dado cuenta!”, dijo el viajero.
   
Metió en el bolsillo la pipa, guardó el fósforo y siguió su camino.

martes, 31 de enero de 2017

SONRIENDO CADA DÍA.


Por Abraham J. Twerski 
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Un rabino que recolectaba fondos para una Ieshivá llamó a un hombre rico que era conocido como miserable. 

"No tiene sentido que usted me pida" aconsejó. "No doy donaciones a Ieshivot". 

"No vine por una donación", disparó el rabino. "Vine a cumplir la mitzvá de Bikur Jolim, visitar a los enfermos". 

"Pero yo estoy completamente sano", afirmó el miserable, no comprendiendo la afirmación del rabino. 

"No, tú no lo estás", insistió el rabino con calma. "Salomón enseña en Eclesiastés (5:12): 'Hay una grave enfermedad que he visto: la riqueza que es guardada en detrimento de su propietario'. Puesto que atesoras tu riqueza, realmente sufres de una enfermedad, así que vine a verte". 

"¿No hay otras personas enfermas?", preguntó asombrado el miserable. "¿Por qué me has escogido para visitarme?" 

"Por qué" sonrió satisfecho el rabino. "El Talmud dice que quienquiera que visita a una persona enferma se lleva un sexagésimo de su enfermedad. ¿Qué puedo esperar si me voy con un sexagésimo del mal de algún otro? Nada, sólo 'tzarot' (problemas). Pero si me voy con un sexagésimo de su enfermedad, ¡verdaderamente me hará muy bien!"

jueves, 15 de septiembre de 2016

¡QUÍEN PUDIERA ROBAR LA LUNA!


El maestro Zen, Ryokan, llevaba una vida sencillísima en una pequeña cabaña al pie de la montaña. Una noche, estando fuera el maestro, irrumpió un ladrón en la cabaña y se llevó un chasco al descubrir que no había allí nada que robar.

Cuando regresó Ryokan, sorprendió al ladrón. "Te has tomado muchas molestias para visitarme", le dijo al ratero.
"No deberías marcharte con las manos vacías. Por favor, llévate como regalo mis vestidos y mi manta".

Completamente desconcertado, el ladrón tomó las ropas y se largó.

Ryokan se sentó desnudo y se puso a mirar la luna. "Pobre hombre", pensó para sí mismo, "me habría gustado poder regalarle la maravillosa luz de la luna".