(ESOPO)
Un cuervo
vanidoso estaba cansado de sus plumas negras y sentía una cierta envidia
delos pavos reales, siempre adornados con sus vistosos colores.
Piensa
que te piensa, decidió recoger las plumas, que se le habían caído a un
pavo real, se engalanó con ellas, y desdeñando luego a los otros
cuervos, se introdujo en la hermosa manada de los pavos reales.
Los
pavos se admiraron al principio del ser tan ridículo y extraño, y
reconociendo que no era de su especie, le arrancaron las plumas
hurtadas, y le echaron de allí a picotazos.
El cuervo, viéndose tan
maltratado, medio muerto, y lleno de vergüenza, se volvió con los suyos,
los cuales también le despreciaron y le arrojaron de sí. Entonces uno
de los cuervos, a quien había menospreciado antes, le dijo:
-“Si te
hubieras contentado con vivir entre nosotros, y te hubieras sentido
orgulloso de lo que te dio la naturaleza, ni hubieras padecido aquella
afrenta, ni ahora tendrías que sentir esta repulsa”.
(CUENTO PERSA)
En Persia había una ciudad donde los habitantes eran todos ciegos.
Sucedió
que un día pasó un rey con su ejército, y acampó allí. Para hacer pompa
de su prestigio, mostraba un enorme e imponente elefante. A la gente le
vino el deseo de acercarse a aquel elefante y conocer aquel monstruo.
Y
muchos de aquellos ciegos se acercaron al elefante para darse cuenta, a
la manera de los ciegos, de su forma y figura. Y no pudieron verlo con
los ojos , lo palparon con las manos.
Quien le tocó un miembro y
quien otro, y así cada uno conoció solamente una parte. Y cada uno se
formó una idea absurda, cada uno adaptó su mente a una imagen
fantástica. Aquel que le había puesto su mano en la oreja, interrogado
por los otros acerca del elefante, dijo:
-Es una forma inmensa, tosca y ancha como una alfombra”.
Aquel que con la mano había alcanzado la trompa, dijo:
-“Lo he conocido bien. Es como un tubo vacío, una cosa terrible, un instrumento de destrucción”.
Finalmente aquel que había tocado las macizas y formidables patas del elefante, dijo:
-“Tiene precisamente la forma de una columna bien torneada”.
Todos habían visto una sola parte, y todos se habían forjado en su mente una idea que distaba mucho de la realidad.
Así les ocurre a las personas cuando intentan imaginar cómo es Dios.
(TRADICIONAL ÁRABE)
Un califa de Bagdad
llamado Al-Mamun poseía un hermoso caballo árabe del que estaba
encaprichado el jefe de una tribu, llamado Omah, que le ofreció un gran
número de camellos a cambio; pero Al-Mamun no quería desprenderse del
animal. Aquello encolerizó a Omah de tal manera que decidió hacerse con
el caballo fraudulentamente.
Sabiendo que Al-Mamun solía pasear con
su caballo por determinado camino. Omah se tendió junto a dicho camino
disfrazado de mendigo y simulando estar muy enfermo. Y como Al-Mamun era
un hombre de buenos sentimientos, al ver al mendigo sintió lástima de
él, desmontó y se ofreció a llevarlo a un hospital.
“Por desgracia, se lamentó el mendigo, llevo días sin comer y no tengo fuerzas para levantarme.”
Entonces,
Al-Mamun lo alzó del suelo con mucho cuidado y lo montó en su caballo,
con la idea de montar él a continuación. Pero, en cuanto el falso
mendigo se vio sobre la silla, salió huyendo al galope, con Al-Mamun
corriendo detrás de él para alcanzarlo y gritándole que se detuviera.
Una vez que Omah se distanció lo suficiente de su perseguidor, se detuvo
y comenzó a hacer caracolear al caballo.
“¡Está bien, me has robado el caballo!, gritó Al-Mamun. ¡Ahora sólo tengo una cosa que pedirte”
“¿De qué se trata?”, preguntó Omah también a gritos.
“¡Que no cuentes a nadie cómo te hiciste con el caballo!”
“¿Y por qué no he de hacerlo?”
“¡Porque
quizás un día puede haber un hombre realmente enfermo tendido junto al
camino y si la gente se ha enterado de tu engaño, tal vez pase de largo y
no le preste ayuda!”.

(LEON TOLSTOI)
Un día el Zar
de Rusia se fue de cacería con un halcón. Después de haber caminado
mucho le entró sed, y llevando sobre un brazo su halcón predilecto, se
alejó a caballo, en busca de una fuente. Buscó mucho, y finalmente,
encontró una vena de agua que goteaba lenta, lenta, de una roca. Puso
una copa bajo aquel diminuto manantial y esperó con paciencia que se
llenara.
Después trató de beber el agua recogida, pero el halcón se
agitó y, con un golpe de ala, derramó la copa. De nuevo, el Zar llenó el
recipiente y como lo vio lleno de agua fresca, trató de llevarlo a la
boca. Pero también esta vez el halcón, revoloteando alrededor, derramó
la copa.
Bastante contrariado, el Zar la llenó por tercera vez e hizo
por beber. Pero el halcón se lanzó encima, esparciendo todo el agua
alrededor.
Entonces el Zar, montado en cólera, tomó el halcón por el
cuello y lo mató. Estaba por llenar otra vez la copa, cuando uno de sus
siervos llegó al galope.
-“¡Majestad, no!, le gritó. ¡No beba esa agua! ¡Es una fuente envenenada!”.
El Zar arrojó lejos la copa y un velo de lágrimas cubrió su mirada.
-“¡Cuántos
errores cometemos a causa de la precipitación y de la falta de
reflexión!, dijo con amargura, recogiendo del suelo a su amigo muerto.
¡Guiado por su instinto, mi halcón, me ha salvado la vida por lo menos
tres veces. Y he ahí cómo yo lo he recompensado.”

(LEON TOLSTOI)
A la posada de
un pueblo llegó un día un artista ambulante, de aquellos que un tiempo
actuaban en las plazas de los pueblos. Tenía consigo un oso amaestrado:
una bestia alta, de casi dos metros, pero buena y mansa a pesar del
terrible aspecto.
El artista decidió entrar a comer algo y a
calentarse; y ató el oso a un palo fuera a la puerta. En su ánimo avaro
no encontró lugar en pensamiento de que también su pobre oso tendría
necesidad de comer y de calentarse.
Hacía un frío tremendo y el animal, en ayunas, aullaba por el hambre.
Al
poco tiempo llegó una carreta cargada de panes frescos y olorosos. El
carretero descendió, ató los dos caballos y entró en el local para
comer. El oso empezó a oler con interés aquel buen perfume del pan.
Después comprendió que el olor venía del carro, y con estirón rompió la
cuerda que lo tenía atado. Se subió al carro y se puso a comer, con
avidez, aquellos panecillos crujientes.
La gente huía asustada,
frente a aquel espectáculo verdaderamente extraordinario: dos caballos
enloquecidos y llenos de sudor que arrastraban un carro guiado por un
oso terrible.
Pero los caballos, guiados por el instinto, se metieron
por el camino de su aldea, y fueron a pararse delante de la puerta del
panadero. Salió afuera alguno para ver qué novedad había…
A este
punto, el oso se acordó de que era un oso amaestrado. Saltó del carro y
empezó a dar espectáculo como le habían enseñado. Bailaba con
movimientos tanto más graciosos cuanto más torpes, y extendía la pata
como para pedir una moneda. La gente se agolpó alrededor de él con
aplausos frenéticos: y los panecillos olorosos le llovieron alrededor,
tantos que le quitaron el hambre por una semana.
Entonces el oso se alejó; ahora sabía proveerse por sí mismo. Y el patrón vagabundo tuvo que resignarse a caminar sin el oso.

(TRADICIONAL JUDÍO)
Un zapatero remendón acudió al rabino Isaac y le dijo:
“No
sé qué hacer con mi oración de la mañana. Mis clientes son personas
pobres que no tienen más que un par de zapatos. Yo se los recojo a
última hora del día, cuando regresan del trabajo, y me paso la noche
trabajando; al amanecer, aún me queda trabajo por hacer si quiero que
todos ellos los tengan listos para ir a trabajar. Y mi pregunta es: ¿Qué
debe hacer con mi oración de la mañana?...
“¿Qué has venido haciendo hasta ahora?, preguntó el rabino.
“Unas
veces hago la oración a todo correr y vuelvo enseguida a mi trabajo,
pero eso me hace sentirme mal. Otras veces dejo que se me pase la hora
de la oración, y también entonces tengo la sensación de haber faltado; y
de vez en cuando, al levantar el martillo para golpear un zapato, casi
puedo escuchar cómo mi corazón suspira: ¡Qué desgraciado soy, pues no
soy capaz de hacer mi oración de la mañana…!”
Le respondió el rabino:
“Si yo fuera Dios, apreciaría más ese suspiro que la oración”.
(ERMA BOMBECK)
Un día, Dios decidió crear… la Madre.
Llevaba dándole vueltas al proyecto durante más de una semana, cuando aparece un ángel y le dice:
-Anda que el modelito te está haciendo perder el tiempo ¿eh?
Y Él:
-Es
cierto. Pero ¿has leído los requisitos de fabricación? Debe ser lavable
y transparente, pero no de plástico; tener ciento ochenta piezas
móviles, todas recambiables y un corazón de oro, tierno a la vez; la
cabeza en su sitio y unos labios capaces de dar un beso que lo cure
todo… desde una herida en la rodilla… hasta un desengaño amoroso… y,
además, seis pares de manos…
-¿Seis pares?
- Sí, por las tareas
que le aguardan. Pero lo difícil no son las manos –dijo Dios- sino los
tres pares de ojos que la madre debe tener.
-¿Tantos?
Dios asintió.
-Un
par para ver detrás de la puerta cerrada, cuando pregunta: “¿Qué estáis
tramando ahí dentro, hijos?”. Otro par detrás de la cabeza para ver lo
que no pueda ver, pero que una madre no debe ignorar. Y otro par,
además, para decir en silencio al hijo que se ha metido en un lío: “Te
comprendo, hijo. A pesar de todo te sigo queriendo”.
-Señor –dijo el ángel echándole gentilmente un brazo por los hombros –vamos a descansar… Mañana será otro día.
-No
puedo –respondió el Señor-. Casi está acabado. He fabricado un modelo
que se cura sola si cae enferma, que sabe preparar una comida para seis
con sólo medio kilo de carne picada y que es capaz de mantener quieto
bajo la ducha a un chaval de cinco años.
El ángel dio una vuelta lenta alrededor del modelo de madre, contemplándolo con curiosidad.
-La encuentro demasiado delicada –dijo luego, chasqueando la lengua contra el paladar.
-¡Pero resistente! –replicó el Señor con aplomo-. Tú no tienes ni idea de lo que es capaz de soportar una madre.
-Pero ¿será capaz de pensar?
-La
ofendes y me ofendes por dudarlo. No sólo tendrá inteligencia, sino que
sabrá hacer un uso estupendo de la misma y cargar su razón de razones
que acaban por convencerte.
Entonces el ángel se acercó al modelo de madre y le pasó un dedo por la mejilla.
-¡Hay una avería, una fuga! Pierde algo…
-No hay tal fuga –corrigió el Señor-. Se trata de una lágrima.
-Y eso ¿para qué sirve?
-Sirve para expresar la alegría, tristeza, desengaño, dolor, soledad… e incluso, orgullo por el hijo que tiene éxito.
-¡Estás hecho un genio! –exclamó el ángel.
Con una pizca de melancolía y de humor añadió Dios por lo bajo:
-Si te soy sincero, no he sido yo quien ha inventado las lágrimas… Pero está bien.
