Un labrador plantó grosellas. En cuanto abultó el fruto, sus hijos le
pidieron que les diera unas cuantas, pero el hombre se negó, diciendo
que todavía estaban verdes. Ya maduras, volvieron los chiquillos a
pedirlas para postre, pero el hombre había resuelto guardarlas para
hacer mermelada, y cuando llegó la ocasión de cosecharlas, quiso antes
el labrador concluir una labor que tenía entre manos, por lo que no pudo
hacer la mermelada a su debido tiempo. Cuando se resolvió a ello, ya
los ardores del sol, el picoteo de los pájaros y una brusca tempestad
habían devastado el fruto.
ÍNDICE DE CUENTOS.
domingo, 7 de septiembre de 2014
sábado, 6 de septiembre de 2014
EL REGALO.
Cuenta una leyenda oriental, que un poderoso genio prometió un
valiosísimo regalo a una hermosa doncella si atravesaba un trigal y, sin
detenerse ni retroceder ni ladearse, lograba arrancar la mayor y más
madura espiga, siendo la recompensa proporcionada al tamaño y lozanía de
la que arrancase. Atravesó la muchacha el trigal, viendo a su paso
muchas espigas que invitaban a la siega, pero siguió adelante con la
esperanza de encontrar una mejor, hasta que llegó a la linde opuesta del
trigal sin haber arrancado ninguna.

viernes, 5 de septiembre de 2014
LA PACIENCIA.
(MICHAEL ENDE)
Beppo, el barrendero, parecía ser la persona más feliz del barrio. Siempre estaba contento y de buen humor, dispuesto a ayudar a los demás, a pesar de la dureza y la monotonía de su trabajo. Cada vez más, sus vecinos acudían a él para pedirle consejo y para solicitar ayuda en sus problemas. Cuando la gente le preguntaba por el secreto de su felicidad, siempre les respondía lo mismo:
“A veces se tiene ante sí una calle larguísima. Se cree uno que es tan terriblemente larga, que nunca podrá acabarla.
Y entonces se empieza uno a dar prisa. Y cada vez se da más prisa. Cada vez que se levanta la vista, se ve que la calle no se hace más corta. Y se esfuerza más todavía, se empieza a tener miedo, y al final se está sin aliento, y la calle sigue estando sin barrer delante de ti. Así no se debe hacer.
Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez. Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente. Nunca nada más que en el siguiente. Entonces es divertido. Eso es importante, porque entonces se hace la tarea, y de repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se está sin aliento”.
Beppo, el barrendero, parecía ser la persona más feliz del barrio. Siempre estaba contento y de buen humor, dispuesto a ayudar a los demás, a pesar de la dureza y la monotonía de su trabajo. Cada vez más, sus vecinos acudían a él para pedirle consejo y para solicitar ayuda en sus problemas. Cuando la gente le preguntaba por el secreto de su felicidad, siempre les respondía lo mismo:
“A veces se tiene ante sí una calle larguísima. Se cree uno que es tan terriblemente larga, que nunca podrá acabarla.
Y entonces se empieza uno a dar prisa. Y cada vez se da más prisa. Cada vez que se levanta la vista, se ve que la calle no se hace más corta. Y se esfuerza más todavía, se empieza a tener miedo, y al final se está sin aliento, y la calle sigue estando sin barrer delante de ti. Así no se debe hacer.
Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez. Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente. Nunca nada más que en el siguiente. Entonces es divertido. Eso es importante, porque entonces se hace la tarea, y de repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se está sin aliento”.
jueves, 4 de septiembre de 2014
EL TIEMPO.
Durante un paseo en coche por el campo, una mujer se
asombra al ver a un hombre en una escalera apoyada contra un manzano y
con una cabra en brazos. El animal se está comiendo tranquilamente las
manzanas. La mujer, intrigada, acerca el coche, se apea y pregunta al
hombre:
- ¿Qué hace usted ahí?
- Alimento a mi cabra, claro.
- Pero, ¿no cree que así va a tardar mucho tiempo?
- ¿Y a la cabra qué le importa el tiempo?
- ¿Qué hace usted ahí?
- Alimento a mi cabra, claro.
- Pero, ¿no cree que así va a tardar mucho tiempo?
- ¿Y a la cabra qué le importa el tiempo?
miércoles, 3 de septiembre de 2014
LAS RANAS.
Dos ranas fueron a caer por accidente en un cubo que contenía leche.
Como no podían salir de aquel recipiente, lo único que les cabía hacer
era nadar y nadar sin descanso, pues se hundirían en cuanto dejaran de
hacerlo.
Después de un largo rato, una de las ranas le dijo a la otra que no podía nadar más, pero su compañera la animó, y continuaron nadando las dos, hasta que la primera, al límite de su resistencia, dejó de nadar y se hundió. La otra rana, sin embargo, siguió en su esfuerzo, hasta que toda la leche, batida por los movimientos de la rana, se convirtió en mantequilla.
Al olor de la mantequilla acudió un enjambre de moscas, y la rana vio recompensado su esfuerzo pegándose un gran festín.
Después de un largo rato, una de las ranas le dijo a la otra que no podía nadar más, pero su compañera la animó, y continuaron nadando las dos, hasta que la primera, al límite de su resistencia, dejó de nadar y se hundió. La otra rana, sin embargo, siguió en su esfuerzo, hasta que toda la leche, batida por los movimientos de la rana, se convirtió en mantequilla.
Al olor de la mantequilla acudió un enjambre de moscas, y la rana vio recompensado su esfuerzo pegándose un gran festín.
martes, 2 de septiembre de 2014
EL POZO.
Un hombre comenzó a cavar un pozo y llegó hasta una profundidad de
veinte codos, pero no halló ningún vestigio de agua. Entonces, abandonó
el lugar y eligió otro sitio para hacer el pozo. Cavó allí aún más
hondo, pero tampoco encontró agua. Eligió un tercer lugar y cavó todavía
más hondo, pero fue en vano. Tampoco halló agua. Al final,
completamente disgustado, abandonó su tarea. En conjunto, la profundidad
de los tres pozos era casi de cien codos. Si hubiese tenido la
paciencia de dedicar aunque fuera la mitad de su labor al primer pozo,
en vez de cambiar de un lugar a otro, seguramente habría encontrado
agua.
lunes, 1 de septiembre de 2014
LAS GAVIOTAS.
Un hombre acostumbraba a bañarse cada mañana en el mar, en una parte de
la costa poblada por numerosas gaviotas, que se le posaban en la cabeza y
las manos durante su baño, confiadas de aquel hombre que había llegado a
ser su amigo.
Un día, un vecino de aquel hombre, sabedor de su amistad con las gaviotas, le pidió que cogiera unas cuantas para que pudiera venderlas en el mercado. Y sucedió que al día siguiente, cuando fue a tomar su baño, ¡oh, casualidad!, ninguna gaviota vino a su encuentro.
Un día, un vecino de aquel hombre, sabedor de su amistad con las gaviotas, le pidió que cogiera unas cuantas para que pudiera venderlas en el mercado. Y sucedió que al día siguiente, cuando fue a tomar su baño, ¡oh, casualidad!, ninguna gaviota vino a su encuentro.
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